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Patmos, la isla del Apocalipsis

Jueves 01 de Noviembre, 2007
Hay viajes que siguen un esquema, o un patrón, pero hay otros que no siguen ninguno y acaban revelando aspectos de nosotros mismos. A pesar de los miles de kilómetros, nos llevan a un lugar tan cercano y enigmático como es nuestro interior. Uno de ellos es Patmos, la maravillosa isla del Egeo donde un día el cielo se abrió y dejó escuchar la voz del mismo Dios…
Sobra decir que desde entonces se convirtió en lugar sagrado de la cristiandad, en centro de reflexión, en el entorno ideal para la búsqueda esotérica y el paisaje adecuado para los vuelos espirituales más sugerentes. La historia sagrada de la isla permanece viva todavía hoy, haciéndose patente a través de las numerosas y extrañas iglesias, esparcidas en medio de una naturaleza tranquila a veces, ruda y austera otras. Sólo entre Chora, Skala y Kampos se contabilizan 365 pequeñas iglesias. Los devotos de la isla pueden escoger como marco para sus plegarías y para compartir pedazos de pan una iglesia diferente cada día del año. Ésta es una de las dos caras que ofrece Patmos, profundamente religiosa, la cara mística y sobrecogedora del Apocalipsis. La otra es la de sus gentes tranquilas, amables con el visitante que se acerca para disfrutar del pintoresco paisaje de una tierra en forma de ocho bañada por aguas cristalinas. Este trocito de tierra, emergido de las profundidades del Egeo, quedó anclado en plena ruta marítima que conducía de Éfeso a Roma. Pese a la importancia estratégica de ese enclave, Patmos no fue para los romanos otra cosa que un lugar de confinamiento, un punto para el destierro. Y corría el año 95 de nuestra era cuando Juan, discípulo predilecto de Jesús, desempeñaba su labor evangelizadora en Éfeso. No eran buenos tiempos para este tipo de menesteres, y el destino quiso que Domitiano, emperador de Roma, lanzara una campaña contra judíos y cristianos. Juan fue detenido y exiliado en Patmos junto a su fiel discípulo Procoro. Acerca de este acontecimiento Juan nos cuenta: “En la paciencia y la esperanza por Jesucristo, he llegado exiliado a la isla, que se llama Patmos, para predicar la palabra de Dios…”. Lejos, muy lejos quedaban aquellos tiempos en que pescaba en el lago de Tiberia junto a su hermano Jacobo, la época en que se dejó seducir por el misterioso carisma y elocuencia de otro Juan, el Bautista, que ya por entonces gastaba sandalia anunciando los designios del cielo. De la mano del que muchos creyeron ver la reencarnación de Elías, Juan conocería al que fuera su maestro, aquél al que ya no abandonó jamás, al que siguió por donde quiera que éste fuera brindándole una lealtad a prueba de caducidades. Le acompañó en los momentos más significativos, más gloriosos pero también más duros del preconcebido destino de Jesús, ese hombre que para muchos hizo posible que la ilusión del Reino de los Cielos siga viva. Y así fue como el hijo de Zebedeo y Salomé, en su nueva condición de exiliado, continuó la misión que Jesús le había encargado: partir hacia las diversas partes del mundo a propagar su doctrina. Tal fue el propósito de su periplo por Palestina, Samaría y Éfeso. Juan inició a muchos idólatras, llevándoles al Dios de Moisés, y convirtiéndoles a la fe cristiana, apartándoles para siempre del mago Cenoupa, su rival en Patmos que hizo cuanto pudo para entorpecer la misión evangelizadora. Hombre a prueba de persecuciones, de cárceles y tempestades de todo tipo –no en vano era llamado “hijo del Trueno”–, fundó la iglesia de Patmos y tuvo “la revelación” de los acontecimientos que sobrevendrían a la humanidad hasta la parusia, el retorno de Cristo resucitado y glorioso inscrito en un aura de majestuosidad para juzgar a los vivos y a los muertos. El Apocalipsis, libro profético en el que las osamentas resecas son anuncio del renacimiento a la vida eterna, en sus páginas aparece en sueños una estatua compuesta por cuatro materiales diferentes decrecientes en valor, simbolizando cuatro reinos que van sucumbiendo uno tras otro, y fortuitamente la estatua es derrumbada por una piedra desprendida de una montaña. Al final un quinto reino que no conocerá fin suplantará a todos. Y es que el Apocalipsis, junto a los libros de Enoch –uno de los dos testigos que presenciará el Juicio Final–, Daniel y Ezequiel son considerados genuinamente cabalistas. Precisamente, la cueva escenario del sueño profético de Juan ha convertido a la isla de Patmos en uno de los centros de peregrinación más importantes de la cristiandad. Miles de almas navegantes se acercan para entrar en el vientre de esa roca y sentir la misma penumbra que una vez fue desgarrada por la luz intensa de la visión apocalíptica de Juan. En su techo aún hoy se puede apreciar la triple hendidura por donde asegura la tradición, Juan escuchó la voz de Dios un día de domingo. En palabras del propio testigo sucedió así: “Allí llegué a experimentar una excitación espiritual el día del domingo y a mis espaldas escuché una gran voz, como de trompeta, diciéndome: ‘;escribe en un libro todo lo que veas y mándalo a las siete iglesias, que están en Éfeso y Esmirna y en Pérgamo y en Thiatira y en Sardeis y en Filadelfia y en Laodicia”. La cueva de la revelación conserva fresca la huella de la estancia del apóstol. Podemos ver la roca donde Juan sostenía su cabeza y otra donde se apoyaba para levantarse, y junto a ambas una especie de pupitre natural en el que se dice que el autor del cuarto Evangelio dictó el Apocalipsis a Procoro, quien de forma diligente se apresuró a dejar constancia escrita de la visión de su maestro, contribuyendo a cumplir la voluntad del gran arquitecto del universo. Es bien sabido que tamaña obra iba dirigida a las siete iglesias de Asia Menor, y sabido es también que los acontecimientos que se sucederán en la Tierra hasta la llegada del fin de los tiempos van adquiriendo forma a través de tres secuencias sin el más mínimo ahorro de detalles: la primera trata sobre un tiempo largo, de dolorosas pruebas, donde uno tras otro numerosos cataclismos se desencadenarán. A su debido momento los elementos cumplirán órdenes divinas de destrucción, y violentas catástrofes serán inevitables. La segunda predice un periodo de paz terrenal de 1.000 años, durante el cual el diablo, el mal, estará encadenado y la armonía tendrá su reino en la Tierra. La tercera habla de un último periodo breve pero terrible, en el cual se producirá el combate final entre las fuerzas del bien y del mal. Y llega el Apocalipsis… Tanto para Roma como para Bizancio no fue fácil encontrar un sitio donde encajar el Apocalipsis. Costó aceptarlo entre los libros canónicos debido a la cuestión del milenarismo. Los cristianos católicos de Occidente creían ver en la segunda secuencia una amenaza para la fe de sus fieles, y consideraban que el pasaje apocalíptico “El ángel que desciende del cielo encadena al dragón por mil años” les apartaría de las preocupaciones espirituales. Y fue San Agustín el que halló la solución, proponiendo una “nueva lectura” del Apocalipsis, ignorando prácticamente la totalidad del capítulo 20, negándose a aceptar que habría una “edad dorada” de 1.000 años antes de sumir al planeta en la oscuridad del fin de los tiempos. Con esta mutilación del texto consiguió pasar por alto dicho periodo que tanto molestaba a las altas esferas eclesiásticas. La Iglesia católica ratificó tal interpretación, y así a finales del siglo V el papa Gelasio, mediante el decreto que distinguía los escritos apócrifos de los canónicos, optó por incluir el Apocalipsis entre estos últimos. Gracias a la elección de Gelasio el libro de La Revelación pasó a formar parte del Nuevo Testamento, siendo el que pone punto y final a la Biblia. Por lo que se refiere a los cristianos ortodoxos de Oriente, no admitieron el Apocalipsis entre los libros canónicos hasta el siglo XIV. Observando la preocupación de las iglesias cristianas, podemos hallar un ejemplo muy ilustrativo en el Libro de las profecías de Juan de Jerusalén, uno de los monjes guerreros fundador de la Orden del Temple, que dice así: “…cuando empiece el año mil que sigue al año mil, se erigirán torres de Babel en todos los puntos de la Tierra, será en Roma y será en Bizancio”. Tras una paz de mil años, el mal sería liberado de sus cadenas, la caja de los truenos se abriría vertiendo angustia, dolor, odio, ira y un sinfín de fuerzas aliadas del mal se extenderían como una mancha de aceite, ganando palmo a palmo todos los rincones del planeta. El beato y el testamento Pero Patmos no es sólo la gruta que sirvió de cuna al Apocalipsis; hay más. En Chora, visible desde toda la isla, se alza estático, majestuoso el monasterio fortaleza de Juan Teólogos, bastión inexpugnable que contribuyó a catapultar la isla de Patmos como centro de referencia clave para la consagración de la vida monástica. La historia cuenta cómo un día de agosto del año 1088 llegó a la isla Hosios Cristodulo de Litrinia en posesión de un escrito sellado con la insignia dorada del Imperio. Mediante ese documento el emperador de Constantinopla Alexios Commene le concedía en propiedad la isla y una importante biblioteca –famosa a día de hoy por sus manuscritos bizantinos y postbizantinos–. Tal concesión tuvo sus más y sus menos puesto que fue el resultado de un cambio que el beato propuso al emperador: éste consistía en su compromiso de abandonar la isla de Kos, fértil y próspera, en la cual ya había fundado un monasterio dedicado a la Virgen, para instalarse en la desierta Patmos y fundar otro consagrado a Juan. Cabe señalar que Cristodulo contaba con la gracia de Ana, madre del emperador, y que ésta intercedió para que el deseo de Cristodulo se viera materializado. Por este motivo dentro del recinto de Chora se puede encontrar una iglesia consagrada a santa Ana. Una vez en la isla no fueron tiempos fáciles para Cristodulo y sus monjes, pues en varias ocasiones tuvieron que hacer frente a incursiones piratas árabes y turcas que surcaban el Egeo sedientos de botín. Cristodulo llegó a quedarse literalmente solo, abandonado por sus monjes que, presos de terror, huyeron hacia otros destinos más seguros. Pero Cristodulo, hombre austero, ermitaño, de carácter decidido, firmemente convencido de que la isla era un sitio excelente para llevar a cabo una actividad intelectual y espiritual, no cejó en su afán de fundar monasterios y consiguió establecerse en Patmos. Este monje piadoso, médico experimentado, terminó sus días en la isla de Evia el 16 de marzo de 1093 a los 72 años de edad. Poco antes de su muerte redactó su testamento, dejando de manifiesto el deseo de ser enterrado en el monasterio, a la vez que pedía a los monjes que siguieran con su obra en la isla de Patmos. Este testamento permanece custodiado en el archivo del monasterio bajo el más sordo de los secretos. A decir verdad, el templo no sólo ha sido clave en el aspecto puramente religioso; también ha jugado partidas decisivas en aspectos sociales y políticos, haciendo sentir su presencia en momentos cruciales para la historia de Patmos, en situaciones tan difíciles como cuando la serpiente de las dominaciones turcas e italiana reptaba por estos parajes. Una imagen de la faz de Cristo, guardada en el monasterio, lloraba cuando la isla vivía alguna calamidad y también cuando una desgracia rondaba a una insigne familia patmia. El monasterio ha abanderado siempre la lucha por la pervivencia del griego como lengua, de sus tradiciones más ancestrales y para que la idiosincrasia del pueblo no se viera condenada al olvido presa de las circunstancias. Esta joya arquitectónica guarda objetos religiosos de valor inestimable, frescos e iconos valiosísimos, al igual que una riquísima colección de manuscritos –entre éstos el de la fundación del monasterio y el citado testamento del beato Hosios Cristodulo–, libros antiguos y demás documentos. Actualmente en su seno se alojan los monjes de la Fraternidad Patmia, celosos guardianes del rito monástico, cumplido al pie de la letra como no se hace ya en otros monasterios. Fieles custodios de la urna de oro y plata que sirve de receptáculo al cuerpo inerte de Cristodulo, respetan por los siglos de los siglos la voluntad de su fundador. Es hora de abandonar Patmos, decir hasta la próxima a sus iglesias repletas de gentes que comparten café y dulces, memorizar el sonido de los komboloi al deslizarse por las manos de los ancianos sentados en un banco de la plaza, respirar una vez más para llenar los pulmones de aire isleño, tocar con la punta de los dedos una cresta de ola que rompe en la arena de la playa, marchar habiendo sentido la esencia de su historia, latente en cada uno de los poros de esa lengua de tierra en forma de ocho que emergió del abismo marino por deseo de una diosa. Helena Vila Ubals
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Comentarios

Que comentario pudiera decir a este maravilloso reportaje. siempre lo e dicho que esta revista tiene lo mas valioso que son esos reportero y redactores buscado hasta el fon de la noticia e informar algo tan solido en lo que especta a los temas que ellos traen a la comunidad felicidades.

Alberto Garcia

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