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TERRORÍFICOS ENCUENTROS CON CRIATURAS DE OTRAS DIMENSIONES

Martes 17 de Julio, 2012
Miguel Pedrero y Francisco Contreras

Entidades ataviadas con negras sotanas que se materializan de la nada; seres de aspecto monstruoso que sorprenden a los testigos en sus propios hogares, llegando incluso a atacarlos; procesiones de muertos que anuncian próximos fallecimientos; apariciones espectrales en instalaciones militares; tripulantes de OVNIs que hacen desaparecer a los individuos con quienes contactan… Son algunos de los últimos casos que han investigado in situ dos reporteros de AÑO/CERO, quienes han recorrido la geografía española en busca de testimonios y evidencias de tan desconcertantes incidentes.
María Pazos, una joven absolutamente incrédula en todo lo referente a cuestiones paranormales, religiosas o supersticiosas, se topó, una noche de 2007, con la popular procesión de las ánimas, conocida en tierras gallegas por el nombre de Santa Compaña. «A mí todo eso de apariciones de fallecidos me parecían cuentos de viejas, pero desde aquella experiencia, pienso que haberlas, haylas», nos confesaba poco antes de comenzar con su relato.

La chica conducía por una carretera cercana a la localidad orensana de Verín, cuando una perentoria necesidad biológica la obligó a desviarse por un camino forestal, donde dejó aparcado el coche. «Me metí unos metros en el monte para que nadie me viera y, entonces, observé cómo se acercaba hacia mí un grupo de personas. Cuando estaban a unos metros de donde me encontraba, me fijé, aterrada, en que eran tres individuos vestidos con túnicas blancas y capuchones del mismo color, que les tapaban los rostros. Detrás de ellos venían en fila unos veinte sujetos. A éstos si que les pude contemplar las caras. Eran personas de apariencia sencilla, todas mayores de sesenta años, y vestían como mucha gente de aldea de esa edad: con sus boinas y sus chaquetas de pana. No hablaban entre sí y caminaban con rictus serio. Estaban muy cerca de mí, sin embargo no escuchaba sus pisadas. En ese instante, me di cuenta de que no tocaban el suelo, sino que levitaban a una cuarta del mismo. ¡Dios mío, qué miedo pasé! Salí corriendo cómo pude, me metí en el automóvil y arranqué sin mirar atrás».

En otras ocasiones, la visión de la lúgubre Compaña tiene relación con el anuncio de la muerte inminente de un vecino de la localidad, tal como le ocurrió a Josefina Romero y a su madre una gélida noche de enero de 1992, en una población enclavada en los bosques de Moaña (Pontevedra). Ambas regresaban a casa por un camino forestal, cuando vieron a lo lejos una treintena de individuos tapados por sendas túnicas, que iban directamente hacia ellas. Las dos mujeres se quedaron petrificadas de miedo, pudiendo contemplar cómo aquellas figuras pasaban a escasos metros de su posición, sin hacerles el más mínimo caso. Al final de la fila distinguieron a una señora que caminaba con la mirada perdida, y a la cual identificaron enseguida. Se trataba de una vecina del pueblo, a la que vieron al día siguiente en actitud completamente normal, haciendo sus quehaceres diarios. Sin embargo, a los tres días un rayo la mató en pleno campo.

Una luminosa mañana de sábado, los autores y el investigador Juan Miguel Marsella partimos bien temprano de la capital de España hacia tierras extremeñas. Pretendíamos recuperar una serie de casos acaecidos décadas atrás en la localidad cacereña de Garganta la Olla. Todos ellos relacionados, de una u otra forma, con apariciones de seres cubiertos por negras túnicas, cuyas capacidades o detalles físicos los hacían más próximos al mundo del más allá que al del más acá.

Mientras contemplábamos la bella población de Garganta –como su nombre indica, enclavada en una especie de «olla natural»–, comentábamos entre risas el contrasentido que supone perseguir a los «enlutados», como son conocidas dichas apariciones por aquellas tierras, cuando los habitantes del lugar pretenden evitarlos a toda costa.

Como solemos hacer en estos casos, comenzamos a preguntar a cuanto vecino nos cruzábamos y, por supuesto, en bares y tabernas. No tardamos en dar con Julián, quien había conocido al protagonista de uno de los incidentes de esta clase más interesantes. Nuestro informante nos contó que José Pancho, fallecido en 1962 a los 72 años de edad, nunca volvió a ser el mismo después de ver «aquel espanto»… (Continúa en AÑO/CERO 265).
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Comentarios

La verdad nunca vi un apacion espectral o de ningun tipo, pero si he visto una especie de ave gigante o manta raya voladora de noche, nunca lo olvidare...

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